Era la primera vez que veía una hormiga viajando en metro.

Iba sola. No llevaba bolso ni maleta, por lo que deduje que su viaje sería   corto.

Ya estaba en el vagón cuando varias decenas de personas, entre las que yo me incluía,  nos subimos al metro en Tres Olivos. Fue pura casualidad que entre tanto ajetreo de pies, maletas y carros no sufriera ningún rasguño. Y digo que fue pura casualidad porque estoy segura de que ninguno de los viajeros se paró a fijarse en aquella hormiguita. Nadie excepto yo se dio cuenta de que había una cosita negra en medio del vagón. Un pequeño ser con diminutas antenas que se movía nervioso de aquí para allá.

Cuando el metro se paró en Fuencarral, la hormiga se acercó hasta la puerta. Querría asegurarse de cuál era la parada en la que tenía que bajarse. Sin embargo, tuvo la mala suerte de que la única persona que se subió la acarició con la suela de su zapato. ¿Mala suerte? ¡A todo el mundo le gustan las caricias!

Para la frágil hormiga, aquella leve caricia fue todo un infierno. De repente se hizo una bola. Luego volvió a estirarse. Otra vez se hizo bola. Y de ahí, pasó a ser una pelota casi inmóvil. Un punto negro más en el entramado del suelo azul hospital de aquel vagón.

“Próxima parada: Begoña”, bramó la megafonía del metro. Las puertas se abrieron enérgicamente. Cuatro personas más se subieron. Es decir, ocho amenazantes pies que lograron esquivar a la hormiga sin apenas reparar en ella. Esta vez, el peligro había pasado. Pero la hormiga cada vez se movía menos. Ya era presa del pánico. No quería oir otra vez aquella voz de mujer.

“Próxima parada: Chamartín. Correspondecia con línea 1 y Cercanías Renfe”. La hormiga no lo soportaba más. Aquello era un verdadero infierno: la voz, los pies, la voz, los pies, la voz, los pies…

En un descuido, la hormiga se enredó en los bajos de unos anchos pantalones de campana que llevaba una chica y desapareció. Como bien predije, el viaje de esta hormiga iba a ser corto.

Advertisement