¿Cómo es posible que nadie haya editado ya un “Greatest Hits” con los temas más sonados en el metro de Madrid?

Bastan un par de días en el suburbano madrileño para darse cuenta de que el acordeón es el instrumento autóctono de este medio de transporte. Vayas en la línea que vayas, recorras el pasillo que recorras y bajes a la hora que bajes a ese inframundo donde todo es posible, siempre oirás retumbar el sonido de un acordeón. Acordes desafinados. Versiones de todo tipo de clásicos que cojean un compás sí, un compás no.

Una y otra vez suenan el Ave María de Schubert, boleros de los de toda la vida y sobre todo, el famosísimo canon de Pachelbel.

Da gusto cuando te topas con algo diferente, aunque esa persona se coloque en el mismo sitio todos los días.  Entonces sí que sientes el deseo de darles unas moneditas. Porque de repente te topas en Ciudad Universitaria con un chico que toca con el violín la banda sonora de Grease y la de El Señor de los Anillos. ¡Incluso de Final Countdown de Europe! Porque según vas subiendo las escaleras mecánicas de Tribunal oyes el tímido murmullo de un grupillo de percusión (Galiza Batata, que anuncian su Facebook y todo) que improvisa ritmos sobre una base grabada.

¿Por qué no podemos contar con un metro más rico musicalmente hablando? ¿Es que las mafias no tienen dinero suficiente para comprar otras partituras y renovar el repertorio? ¿Será que los músicos ambulantes piensan que como en el metro se va medio zombie nadie presta atención a la música que hacen y les van a soltar un par de eurillos por pura lástima?

Era la primera vez que veía una hormiga viajando en metro.

Iba sola. No llevaba bolso ni maleta, por lo que deduje que su viaje sería   corto.

Ya estaba en el vagón cuando varias decenas de personas, entre las que yo me incluía,  nos subimos al metro en Tres Olivos. Fue pura casualidad que entre tanto ajetreo de pies, maletas y carros no sufriera ningún rasguño. Y digo que fue pura casualidad porque estoy segura de que ninguno de los viajeros se paró a fijarse en aquella hormiguita. Nadie excepto yo se dio cuenta de que había una cosita negra en medio del vagón. Un pequeño ser con diminutas antenas que se movía nervioso de aquí para allá.

Cuando el metro se paró en Fuencarral, la hormiga se acercó hasta la puerta. Querría asegurarse de cuál era la parada en la que tenía que bajarse. Sin embargo, tuvo la mala suerte de que la única persona que se subió la acarició con la suela de su zapato. ¿Mala suerte? ¡A todo el mundo le gustan las caricias!

Para la frágil hormiga, aquella leve caricia fue todo un infierno. De repente se hizo una bola. Luego volvió a estirarse. Otra vez se hizo bola. Y de ahí, pasó a ser una pelota casi inmóvil. Un punto negro más en el entramado del suelo azul hospital de aquel vagón.

“Próxima parada: Begoña”, bramó la megafonía del metro. Las puertas se abrieron enérgicamente. Cuatro personas más se subieron. Es decir, ocho amenazantes pies que lograron esquivar a la hormiga sin apenas reparar en ella. Esta vez, el peligro había pasado. Pero la hormiga cada vez se movía menos. Ya era presa del pánico. No quería oir otra vez aquella voz de mujer.

“Próxima parada: Chamartín. Correspondecia con línea 1 y Cercanías Renfe”. La hormiga no lo soportaba más. Aquello era un verdadero infierno: la voz, los pies, la voz, los pies, la voz, los pies…

En un descuido, la hormiga se enredó en los bajos de unos anchos pantalones de campana que llevaba una chica y desapareció. Como bien predije, el viaje de esta hormiga iba a ser corto.

Demasiado. Muy fuerte. Aún más fuerte. ¡Y todavía más!

Ese hombre tenía cuerda para rato. Bueno, seamos explícitos. Cuerda, no. Lo que ese señor tenía eran mocos para rato.  Mi madre siempre me ha recalcado que lo de sorber los mocos es una cosa muy fea y poco sana. Es más, siempre me ha recordado lo valioso que es llevar un paquete de pañuelos de papel en el bolso, por eso del “nunca se sabe”.

No exagero si digo que este individo se tiró más de cinco minutos atrayendo hacia dentro su propia mucosidad nasal. ¡El tío no paraba! Lo que tampoco paraba era ese sonido pringoso. Retumbaba sin parar a lo largo y a lo ancho de todo el andén de Colonia Jardín. Además hacía eco.

Intentaba centrarme en el periódico. Imposible. Estaba centrada en cómo ese tipo movía la boca saboreando todo aquello que sorbía. Era repugnante.

¿Me acerqué a darle uno de los pañuelos de papel que tenía en mi bolso?

No.

Moraleja: ¿Cuántas veces aguantamos cosas que no soportamos con tal de no pronunciarnos?

 

 

Os dejo un poco de música para reflexionar.

 

Lykke Li – This Trumpet In My Head

Los ojos cerrados. Tan cerrados y apretados que la cara se llena de arrugas.

La boca abierta. Tan abierta que duele la mandíbula de tan sólo mirarlo.

Se deduce perfectamente que está gritando.

¿Y qué es lo que grita? ¿Qué bellas palabras emanan de esa boca?

“Si ganar la liga es la puerta a la historia, estas son mis llaves”

Antes de continuar, hay que señalar que no sólo salen frases de esa boca. También entra el boceto de un pene erecto que alguien, con mucho acierto, dibujó rápidamente en ese cartel. Con esa cara, lo estaba pidiendo a gritos (nunca mejor dicho).

Nike vuelve a la carga. Este es el diseño de la nueva publicidad que decora los pasillos del metro de Madrid, al menos en la estación de Santiago Bernabéu. Una vez que os he dado todos estos datos, supongo que ya habréis adivinado quién es el protagonista de estos carteles. Exacto: Cristiano Ronaldo.

Un “slogan” prepotente que, de nuevo, le pinta como a un intocable. Es más, como a un superhombre que va desarrollar tareas que el ser humano nunca había visto antes. Correr con un balón entre las piernas, marcar goles y ganar trofeos. ¡Qué novedad! ¡Ya se me había olvidado lo que era jugar al fútbol!

Lo están consiguiendo, cada vez le cojo más antipatía a este jugador.

Lo primero que tengo que decir es que no soy de Madrid, llevo en esta ciudad seis años. Es decir, he ido adaptándome a eso de viajar en metro.

El segundo punto de este post es que mi madre ha estado esta semana en Madrid. Un hecho que me ha llevado a reflexionar sobre cómo interiorizamos el metro. 

Podemos pasear por sus pasillos sin inmutarnos de quién pasa a nuestro lado. Podemos sentarnos en el vagón y pasar olímpicamente de la conversación que están manteniendo a nuestro lado. Podemos ir de una punta a otra de la ciudad sin tener que consultar el plano del metro. Sin levantar la vista del libro o del suelo. Sin aparcar todos nuestros pensamientos para confirmar que estamos siguiendo el camino correcto.

Está claro que el metro es un medio de transporte que va más allá del autobús. Engloba a muchas personas, lugares, olores, sonidos, temperaturas… Y eso llama la atención. Choca. Es raro. Eso es lo que me decía mi madre: “Hija mía, qué gente más rara hay. ¡Qué agobio! ¡No me gusta nada el metro! ¡Es muy raro!

Volvía de enseñarle a mi madre el lugar donde trabajo. Sabía que iba a quedarse a cuadros con los comentarios de los chicos que iban sentados a nuestro lado. La chica le comentaba a su compañero cómo hacía ella para sacarse un abono de metro que no le correspondía. Su compañero le respondió contando cómo se colaba en los cines “Kinépolis”  (no os lo contaré porque igual me cierran el blog por apología al bandalismo). También sabía que se iba a sorprender cuando viese a aquellos chiquillos sentados en el suelo porque no quedaban asientos libres. ¡Y cómo no iba a hacerlo cuando vio a un chico que tenía serios problemas al caminar pidiendo con ese tono angustioso! (Todavía se quedó más perpleja cuando exclamé: “¡Hombre, este es nuevo!” y le fui describiendo cada uno de los elementos que se pasean por la línea 10 del metro pidiendo).

Es impresionante cómo hacemos del metro una cosa más. Cómo lo reducimos a un simple medio de transporte. Cómo somos capaces de ser indiferentes a todo lo que nos rodea. Son tantas cosas y una sentimiento tan extraño el que tengo por el metro, que soy incapaz de definirlo con palabras.

Aquel día el vagón apestaba a crema solar. Esa pasta empalagosa con la que embadurnamos nuestros cuerpos antes de exponerlos al sol campaba a sus anchas entre los pasajeros.

Pero ahí no queda la cosa. Ese espeso olor (los olores pueden ser espesos, ¿por qué no?) se juntaba con el de una bolsa de “Cheetos” recién abierta.

¿Qué diablos pasaba aquel día en la Línea 10 del Metro de Madrid? Además de ese festival de olores, al que no he añadido el tradicional hedor “Eau de Sobaca Mora”, se unía un bullicio, un barullo, unas voces, un movimiento, una actividad y un volumen de pasajeros que no era habitual en un día laboral.

La mala leche se me iba concentrando en el entrecejo y las arrugas se marcaban más. Fruncía el ceño y acercaba más el libro a las gafas. Esa era la proporción. Una proporción que no dio resultado, porque al final, la cotilla que hay en mí consiguió desviar mi mirada del libro. Y fue así cómo hallé la solución a todo este misterio.

Con todo esto de haber dejado el colegio hace tiempo, a veces uno se olvida de su pasado.  Era el mes de junio. Finales de mes, para ser exactos. ¡Ahí estaba la clave! ¡La gloriosa EXCURSIÓN DE FIN  DE CURSO! Recuerdo cómo a uno se le llenaba la boca cuando le pedía a sus padres que le firmasen la autorización para la EXCURSIÓN DE FIN DE CURSO. Y cómo se te llenaba aún más con todos los caprichos gastronómicos que te había preparado tu madre y que cargabas en la mochila desde que saliste de casa. Siempre he sido muy metódica y tradicional, así que en la EXCURSIÓN DE FIN DE CURSO (¡Qué gusto da pronunciar la palabra excursión, oiga!) me daba un banquete a base de un bocadillo de tortilla de bonito, filipinos, cacahutes con miel y una manzana. Todo ello bañado con el mejor agua mineral de la región, ya que por aquel entonces no me gustaba la Coca-Cola.

Me he desviado un poco del tema, porque lo que venía a contar aquí es lo que más me llamó la atención de todos esos niños que iban al Parque de Atracciones. Después dejar el libro en el bolso me dediqué a observar al grupo de jóvenes:

“Que si le cedo el sitio a la profe, que si todos se ríen de mí porque se lo he cedido, que si llamo gorda y fea a la Cris, que si digo guarradas no dignas de un niño de mi edad, que si miro a ver quién está más buena de toda la clase, que si la profe me regaña por estorbar en medio del vagón…”

Lo mejor de todo, sin duda, era una niña. Un bichejo que no paraba de moverse al ritmo de su móvil. Sonaba “The Boy Does Nothing” de Alesha Dixon.

Me quedé perpleja viendo cómo aquel renacuajo se jaleaba y se contoneaba con tanta facilidad mientras se reía…. Y mira que la tal Alesha se mueve, pero aquella niña la superaba con creces.

En resumen, simples detalles del cotidiano que puden hacer que tu viaje en Metro se convierta en un completo infierno, se haga más ameno con la actuación de una joven promesa de la danza contemporánea, o continúe siendo un trayecto más.

Curioso. Me resulta muy curioso.

Creo que el INE (Instituto Nacional de Estadística), además de elaborar informes sobre la producción industrial en nuestro país y el número de pernoctaciones de extranjeros en hoteles españoles, debería ampliar horizontes.

La estadística que propongo es la siguiente:

“¿Qué música escuchan los usuarios del Metro de Madrid?”

La respuesta a esta pregunta tan general debería ser muy amplia. Tan amplia que pudiera abarcar todos los estilos musicales habidos y por haber.  Sin embargo, aquel que use el Metro de Madrid con cierta periodicidad habrá notado que en los vagones siempre rebotan las mismas notas, los mismos acordes, las mismas melodías.

No es que Metro de Madrid tenga una banda sonora propia o haya una canción del verano dedicada al suburbano. Nada de eso.  Pero, ¿entonces por qué sólo se oyen ritmos latinos, bacalas o heavy-metaleros?

Los demás géneros musicales se anulan ante el monopolio de estos tres gigantes. Nunca una sinfonía de Mozart emana distorsionada del altavoz de un teléfono móvil. Tampoco retumban clásicos de la canción española en los cascos de algún pasajero.

¿Será que a algunas personas nos gusta disfrutar de la música de un modo más discreto?

¿Será que nos gusta tanto que preferimos apreciarla en mejores condiciones?