¿Cómo es posible que nadie haya editado ya un “Greatest Hits” con los temas más sonados en el metro de Madrid?

Bastan un par de días en el suburbano madrileño para darse cuenta de que el acordeón es el instrumento autóctono de este medio de transporte. Vayas en la línea que vayas, recorras el pasillo que recorras y bajes a la hora que bajes a ese inframundo donde todo es posible, siempre oirás retumbar el sonido de un acordeón. Acordes desafinados. Versiones de todo tipo de clásicos que cojean un compás sí, un compás no.

Una y otra vez suenan el Ave María de Schubert, boleros de los de toda la vida y sobre todo, el famosísimo canon de Pachelbel.

Da gusto cuando te topas con algo diferente, aunque esa persona se coloque en el mismo sitio todos los días.  Entonces sí que sientes el deseo de darles unas moneditas. Porque de repente te topas en Ciudad Universitaria con un chico que toca con el violín la banda sonora de Grease y la de El Señor de los Anillos. ¡Incluso de Final Countdown de Europe! Porque según vas subiendo las escaleras mecánicas de Tribunal oyes el tímido murmullo de un grupillo de percusión (Galiza Batata, que anuncian su Facebook y todo) que improvisa ritmos sobre una base grabada.

¿Por qué no podemos contar con un metro más rico musicalmente hablando? ¿Es que las mafias no tienen dinero suficiente para comprar otras partituras y renovar el repertorio? ¿Será que los músicos ambulantes piensan que como en el metro se va medio zombie nadie presta atención a la música que hacen y les van a soltar un par de eurillos por pura lástima?

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